Godínez Anónimo: Autocrítica de una burócrata junior

burocracia

Hoy cumplo un año trabajando para el gobierno, específicamente para el sector salud, it’s not a big deal, but it is. Estoy en un área administrativa, en el centro que regula cada movimiento de verificación sanitaria del lugar donde vivo, ya saben, proteger a la población de posibles riesgos sanitarios.

Es corto mi tiempo aquí pero ya estoy segura de muchas cosas:

1.    Nadie en la dependencia tiene claro que como servidores públicos, el principal cliente es la población,  a la cual de hecho pertenecemos. Somos burócratas en el peor sentido de la palabra. Estamos ahí para decir: “No, vuelva otro día”. “Eso no le corresponde a esta área”. “Haga la fila”. “No se puede hacer nada”. “Vaya a la Legislación Sanitaria Vigente”. “Está en la página electrónica”.

2.    La Dirección donde estoy no tiene ni idea de qué es la comunicación organizacional ni lo importante que es identificar los problemas en ella para mejorar no solo el ambiente y las relaciones laborales, sino agilizar  procesos y trámites.

3.    La mala administración de recursos, humanos y materiales, tiempo y conocimiento es el pan de cada día. Lo cual es terrible  considerando que de nuestras oficinas salen oficios, órdenes y regulaciones a hospitales que brindan servicios a la población.

4.    No se valora el trabajo administrativo. Un médico cirujano sin conocimientos básicos de administración, puede dirigir una secretaría, cosa que no pasaría si un administrador de proyectos quisiera operar un riñón. Debe darse a cada disciplina su importancia en el desarrollo de la organización y con urgencia recurrir a expertos en la materia que permitan la transformación de nuestras instituciones para hacer efectivo el servicio que brindamos a la población.

5.    Relacionado al primer punto, todos están ahí por el dinero. Por plazas de confianza donde recibas compensaciones o bien, las plazas de base que brindan seguridad al empleado y buenas prestaciones; por hacer relaciones al quedar bien con los jefes antes que con las necesidades de la población, por ganar la atención de los altos funcionarios con los que habitualmente recorren nuestros mismos pasillos, tratando de pescar un hueso. A nadie le importa SERVIR. Lo triste es que para eso nos pagan. Nuestro compromiso no es con los directivos, con los altos funcionarios o con sus allegados. Más bien tenemos una obligación con la ciudadanía, de quien somos empleados genuinos. Por desgracia todo lo anterior está fuera de la visión del burócrata actual. La cultura organizacional es tan tóxica y dañina como las relaciones entre compañeros, jefes y subordinados. De hecho no sé por qué continuamos hablando de jefes, cuyo concepto es inflexible, imperativo y en algunos casos inamovible como roca.
A estas alturas y ante la situación de incertidumbre económica y social, no podemos darnos el lujo de seguir creyendo que la administración puede llevarla cualquiera en las dependencias gubernamentales. Pues esta no comprende únicamente las finanzas; es también la gestión del espacio, de los insumos para el trabajo y sobre todo los recursos humanos, cuyo bienestar poco importa en estas instancias. Por último y no menos importante: la administración del conocimiento, que gira en torno a las anteriores y es la médula de todo quehacer organizacional. Si no registramos procesos y procedimientos, las futuras generaciones empezaran de cero y los problemas que se presentaron volverán a ocurrir.

6. Los profesionales con perfil administrativo, en el escalafón nunca aspiran a tener un sueldo tan alto como el de un directivo con perfil médico paramédico. No se trata de qué perfil sea mejor pagado, sino de ser justos y equitativos. Valorar y asignar a la gente de acuerdo a su perfil da lugar a empleados sin frustraciones, con mejor manejo emocional ante la carga de trabajo, puesto que están trabajando en las cosas que le agradan y para lo cuál estudiaron tantos años.

Reconocer que de la administración depende incluso el hecho de que un hospital cuente con los medicamentos y recursos para brindar un buen servicio; de lo contrario no nos extrañe el panorama actual de nuestros centros e instituciones de salud.

7. Hay metas por cada programa que sale de la dirección, hay líderes de proyecto (aunque solo de palabra) pero no hay coaching para los mal definidos equipos de trabajo. Por lo tanto las cosas se hacen a medias, hay presión pero no instrucción ni entrenamiento. Los líderes de proyecto lo son solo de palabra, porque en realidad son los mismos jefes que exigen pero no ponen ejemplo.

8. Roles y funciones mal definidos. Cada quien se encarga de escribir cual es su función en la dependencia. Eso es malo, porque no hay un coach que te ayude a dimensionar el impacto de tu trabajo o que te diga donde estás ubicado en el plano organizacional. Cuesta mucho lograr determinar quien es el encargado de determinada función, a quien le tengo que presentar mis entregables, y cosas tan simples que se podrían solucionar con diagramas de flujo y una matriz RACI. Pero volvemos a los puntos anteriores, la premisa del burócrata es: Cualquiera puede administrar, no necesitamos expertos en eso, siempre lo hemos hecho así.

9. Problemas con el personal sindicalizado. Los sindicatos, cuyo principal objetivo es vigilar que se respeten los intereses del trabajador y que por lo general se conciben como asociaciones que defienden lo establecido en las condiciones del éste, son al mismo tiempo una extensión de nuestras dependencias, en el entendido de que están formados por personal que trabaja en ellas. Por consiguiente todos los vicios y males que se presenten en la organización, pasarán a la estructura del sindicato. De ahí la importancia de conocer no solo los derechos del trabajador, sino de tener nociones y, por qué no, expertos en administración dentro de la asociación que vigila nuestros intereses.
Ser sindicalizado en nuestros días es más o menos una forma en que puedes obtener unas condiciones laborales justas. Me parece que se sataniza a los sindicatos porque en la mayoría de ellos hay evidencia de corrupción, pero si me preguntan, es un pensamiento cargado de doble moral, porque nuestras instituciones son ya sinónimo de este termino. Los jefes de oficina se molestan con el personal sindicalizado que hace valer lo que estipula la ley y las condiciones del trabajador, como días y pases de salida que no representarían ningún problema si cada quien, incluidos ellos, realizara sus responsabilidades. Ah! Pero es cierto, no las tenemos bien definidas.

En cuanto a los beneficios que se logran a través del sindicato, los jefes siempre estarán renuentes o firmará con recelo los oficios para tomar días o salir temprano. ¿Envidia? ¡Totalmente! Ellos cambiaron esas prestaciones por una “compe”, algunos miles de pesos más, y eso les obliga a estar el doble de tiempo al día y a trabajar en fin de semana si son requeridos por algún directivo. No debería haber quejas respecto a una decisión que fue tomada por ellos mismos, anteponiendo el aumento en sus ingresos por necesidad o mera avaricia. Pero eso no nos compete. La ventaja de algunos sindicatos, es que los agremiados de alguna manera los vigilan y cualquier atisbo de corrupción, que en definitiva es perjudicial para todos, protestan y es muy factible que se cambie al líder corrupto. Por el contrario, en la institución difícilmente se podrá cambiar a los directivos y secretarios quienes se deben  una maraña de favores y a quienes les sobran los contactos. Contra eso, la única cura es la reinvención de nuestro concepto de institución o dependencia gubernamental que se materialice en la transformación de nuestras estructuras organizacionales y en primer término, permita generar un diagnóstico, una buena gestión de cambio con directrices, e inmediatamente después, comenzar a ADMINISTRAR, en toda la extensión de la palabra.

*Columna invitada.

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